Aquella tarde soleada cuando fui al sanatorio para visitar a León Mizrahí, aficionado número uno del “equipo de las simpatías”, Tip-Nac, promotor de boxeo y lucha libre; sabía que no me iba a reconocer porque tenía tres días que no hablaba ni comía, pero por lo menos, conversaríamos con doña Martita, su abnegada esposa. Con paso lento, recorrí calles y avenidas hasta llegar al sanatorio Cedros de Líbano, en la 8a. avenida de la zona 1.
Al empezar a subir las gradas que me conducirían al segundo piso, recordé sus momentos de gloria, cuando trajo a Guatemala a los mojares luchadores de México y boxeadores famosos para enfrentarlos entre sí o contra los más destacados guatemaltecos. Cuando llegué a la sala, doña Martita me recibió con lágrimas en los ojos y me dijo que León estaba en estado de coma.
El otrora fornido empresario estaba en la cama, volteado hacia el rincón y su esposa le dijo varias veces: “León, te quiere hablar Mike González”. A la tercera o cuarta vez, dio vuelta hacia la derecha, abrió los ojos, sonrió y con una voz débil que nunca olvidaré dijo: “Mike González, el gran comentarista deportivo”, y volvió a ponerse en el rincón.
Con la alegría reflejada en el rostro, doña Martita empezó a llamar por teléfono a sus familiares más cercanos, una y otra vez repitió: “¡Venga pronto, León salió del estado de coma, le habló a Mike y sonrió con él!”. En pocos minutos, la sala se llenó de familiares y su esposa lo movía, pero el león cansado de tanto trabajo, no volvió a rugir.
Al día siguiente murió, pero doña Martita y yo no olvidamos que mí presencia hizo el milagro de que León Mizrahí, en su lecho de muerte me dedicara las últimas palabras: “Mike González, el gran comentarista deportivo”. Esta es la crónica de un milagro.
Autor: Mike González
Dramático ha de ser cuando un buen amigo parte hacia un mundo desconocido Mike. Con la narración que haces sobre la muerte de León Misrahi, nos muestra la calidad humana tuya y que León llevaba muy dentro de su corazón; caso similar me sucedió con un amigo que se encontraba en como después de un accidente; Carlos Mejía es su nombre, quien al escucharme y decirle que animo, volvió, con la diferencia que vivió para contarlo.
Ni modo, se nos fue Leon; ya ocupa su sitial en el Eterno Oriente